La danza de D. Manuel González es la historia de una tradición dormida en la memoria de un pueblo. Desde que en 1946 la personalidad inquieta de este vecino del Paso de Arriba, arriero humilde y de nombrada elegancia, emigrante a Cuba como tantos paisanos suyos, decidiera combinar diferentes estilos musicales y pasos de baile, extraídos probablemente de su experiencia cubana y del propio folklore canario, para crear una danza que expresara la devoción de los vecinos de ese barrio a su Patrona la Virgen del Pino, el recuerdo de esa ofrenda ha permanecido vigente en la memoria de los habitantes de El Paso y ha ido saliendo a la luz  cada vez que la voluntad y la devoción de aquellos que la hicieron suya en cada momento, han deseado revivirla de nuevo.

Fue así como en 1955, nueve años después de su estreno, algunos de los que habían visto bailar aquella curiosa danza y que aún conservaban en su retina el llamativo trenzado de cintas en torno a una lanza de pastor rematada con flores, el cimbrear de los arcos sobre los danzantes, el vistoso juego de colores rojo y amarillo, los únicos permitidos en los actos públicos en la inmediata posguerra, aquellos en cuyos oídos aún vibraban los acordes del pasodoble y los versos de la letra a la Virgen de Don Pedro Castillo, pusieron todo su empeño en rememorar y recrear de nuevo aquella lucida pieza del patrimonio festivo local. Mi padre fue el encargado ese año de ensayar la danza, que, con la aportación de unos y de otros, se mantuvo en lo posible fiel al original y cuya novedad fue la introducción de los colores blanco y verde de la Virgen del Pino en los trajes de los danzantes.

Posteriormente, en 1961, D. Miguel Ángel Fuentes, que la había bailado en el 55, fue quien se ocupó de reactivar la tradición de la danza a la que se añadieron figuras nuevas así como algunos otros detalles en los adornos. De su mano se representó también, por última vez hasta la fecha, en 1964. En esos años la danza se llevó incluso a otros municipios de la isla en donde recibió una buena acogida por parte del público.

Danza de Don ManuelA pesar de la intermitencia con que se ha manifestado en estos casi 60 años de historia, ha habido un hilo conductor que ha hecho despertar una y otra vez la tradición dormida de la danza. Ese hilo es el gusto de los habitantes de El Paso por mostrar lo mejor de sí mismos y de su creatividad. Es esa sensibilidad del pueblo que hace suya una obra de arte, participando en ella con renovado entusiasmo, la que consigue que esa obra de arte perviva y se convierta en emblema o símbolo de una comunidad. Eso es lo que ha sucedido con la danza de D. Manuel González. El entusiasmo que los vecinos de El Paso y en particular los vecinos de El Paso de Arriba han mostrado siempre en las ceremonias y actos festivos y culturales de la localidad es conocido por todos. Famosas fueron las fiestas de Cruces de Las Canales, La Montaña Colorada, Vendaval, El Abrigado, Cruz de Don Gil, Tanque de los Pasajeros, Cruz Grande, Cuesta de Matías, etc., los carnavales en tiempo de prohibición o la sana rivalidad y el derroche de imaginación que cada año se exhibe en la confección de los arcos del Sagrado. Es, en definitiva, ese espíritu, ese sentido de lo colectivo, del valor de lo construido en equipo el que ha vuelto a entramar el hilo de una tradición dormida. La Rosa, Barriales, Camino Viejo, todo El Paso de Arriba hecho gallofa, citándose de nuevo como sus padres y abuelos en la antigua escuela del Morrito, el lugar donde se ensayó desde un principio, para desempolvar los viejos trajes, los pasos y figuras de una tradición memorable.

Muchas veces había oído hablar de la danza de D. Manuel González. A mí, como a muchos que nacimos después de la última representación y que siempre hemos sabido de ella de oídas y por fotografías, se nos ofrece ahora la oportunidad de contemplarla por primera vez. Ese mérito se lo debemos al tesón y la dedicación de personas como Teresa Pérez, Vladimiro y Fidel Fuentes o Julio Correa, pero en la misma medida a todos los vecinos del Paso de Arriba, bailarines, músicos, cantantes, artesanos, etc., que se han desvivido para hacer posible la puesta en escena de esta danza. Y hago hincapié en el protagonismo colectivo, porque en la historia de una tradición importan tanto las personas que han tomado la iniciativa de recuperarla, como el hecho de que varias generaciones, todos con sus nombres y apellidos, han podido unirse para compartir una experiencia, la del reencuentro con la memoria, con las imágenes de la juventud reencarnadas en sus hijos o nietos, con la ilusión de haber sido partícipes y haber hecho crecer una obra común.

Mis felicitaciones a todos los que a través de los años han dado vida a esta modesta muestra de entusiasmo y devoción popular que hoy, 57 años después de su primera representación y 39 años después de la última, vuelve a materializarse sobre este tablado y que, estoy seguro, nuestros convecinos y nuestra patrona, La Virgen del Pino, sabrán apreciar y agradecer.

Ricardo Hernández Bravo

(Texto leído por su autor el día 30 de agosto de 2003,  previo a la representación de la danza de D. Manuel González en las Fiestas Trienales de El Paso. Año 2003)

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